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Historia

.  LA AVENTURA DE UN SIGLO  .

o la historia de Carrière Frères

 

 

Nacida en 1884 del espíritu curioso y emprendedor de dos hermanos, Carrières Frères Industries es la heredera de la tradición de los maestros cereros del siglo XVIII. Llenos de imaginativas ideas de progreso, los hermanos Carrière consiguieron que los antiguos talleres de cera entraran en la revolución industrial. Innovaron creando la famosa lamparilla Carrière, que ardía durante seis horas sin ahumar y con una llama constante. La vela de interior vivía una nueva era de bienestar y calidad. Premiadas en la exposición de 1889 con la medalla de oro, las Velas de la Madeleine eran igualmente uno de los florones de Carrières Frères Industries, proveedor de la basílica del Sacré Coeur. La experiencia hija de la tradición, revivida por la sed de novedad y el espíritu empresarial de una familia inspirada, alumbra una nueva generación de velas, cirios y lamparillas.   Hábiles, exigentes, innovadores, los hermanos Carrières desarrollaron y modernizaron los secretos de fabricación heredados de los maestros cereros. Trabajaron con las ceras más finas, las mechas más duraderas y eficaces. Fabricadas con esmero gracias a la ayuda de materias vegetales, las velas Carrières Frères Industrie  permiten una combustión perfecta y duradera. Su composición única, fácil de mezclar con el perfume, se obtiene sin parafina ni derivados minerales de la petroquímica. Como ayer, las velas extrafinas Carrières Frères Industries arden durante mucho tiempo, limpiamente, perfumando agradablemente la atmósfera.

 

.  CUADERNO BOTÁNICO   .

 

La herencia de los botánicos, de los investigadores y de los descubridores, inspira los aromas de la colección de velas perfumadas extrafinas de Carrière Frères Industries. Estos perfumes soliflor, inspirados en esencias exóticas e indígenas, están hechos a imagen del “Lenguaje de las flores”, muy en boga desde el Romanticismo hasta la Belle Époque. Evocan también las marchas florales de los mercados de París a los que llegaban, al término del S. XIX, los especímenes más bellos y raros.   Viajes, expediciones, colecciones, ciencia y comercio... dada la efervescencia y los deseos de vanguardia del siglo, se probaban todos los caminos. El precioso aroma de la rosa de Damasco, el embriagador perfume del jazmín de Grasse, la pálida estela de la vainilla, la fuerza de las hojas de té, la dulzura de la almendra, el poder del ébano, el vértigo de las especias… Los importadores y mercaderos audaces de fin de siglo colocaban estos tesoros olfativos en las cestas de los pequeños comerciantes de flores, en los escotes de las damiselas, en las abotonaduras de los señores, en los grandes apartamentos haussmannianos de la nueva prosperidad. París exige de ahora en adelante que venga a ella el perfume del mundo.